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16 octubre 2007

Hace un millón de años y 2001: tecnología prehistórica

Hace un millón de años es el título de una serie B de importante éxito de taquilla en los años 60 que convirtió en estrella y sex-symbol a Raquel Welch. Se trataba de una especie de peplum que se remontaba mucho más atrás en el tiempo y cambiaba la antigüedad clásica por la edad de piedra. La verosimilitud científica no era precisamente la mayor preocupación de sus guionistas, que mostraban alegremente a seres humanos luchando con dinosaurios, unas especies separadas por 65 millones de años.

Retrocediendo un millón de años en el tiempo la primera duda que surge es la de si podemos llamar humanos a los antepasados nuestros que poblaban la Tierra en ese momento. Nuestra especie, el homo sapiens sapiens tiene aproximadamente 250.000 años de antigüedad según los antropólogos mientras que el género homo se distingue del resto de los primates desde hace unos dos millones. Entre esas dos fechas es complicado marcar el momento en el que la inteligencia de los homínidos se hace lo suficientemente compleja para considerarlos seres racionales. 2001 una odisea del espacio, de la que ya hablamos en una de las primeras entradas del blog, abordaba en su parte inicial este momento del origen del hombre, asociando la condición de humano al uso de herramientas. La famosa elipsis de cientos de miles de años entre el hueso que vuela por el aire y la nave espacial que surca el espacio es acertada en el sentido de que tanto una cosa como la otra son tecnología, de la más primitiva a la más avanzada. No obstante, los científicos se han encontrado con que la capacidad de transformar los recursos naturales en herramientas no es exclusiva de los humanos. Otras especies de primates, especialmente los chimpances, son capaces de emplear utensilios, generalmente para alimentarse, e incluso de crearlos a partir de ramas, piedras y demás elementos de su medio natural. Por lo tanto no es correcta la asociación de la película entre historia del hombre e historia de la tecnología, puesto que esta última nos precede.

Otro aspecto muy enigmático del origen de nuestra especie es que no seamos los únicos seres racionales que hayan existido. Aunque se trate de un aspecto discutido y controvertido, en parte porque representa un fuerte golpe al concepto tradicional del humano como especie única y singular, el famoso hombre de Neanderthal parece haber sido una especie diferente al homo sapiens que convivió con éste y que se extinguió por razones desconocidas. Así pues nuestros antepasados podían ver vida inteligente a su alrededor distinta de ellos mismos y sin tener que soñar con seres extraterrestres. Sería muy interesante saber cómo fue la relación entre las dos especies y si los neanderthalensis fueron conscientes de su extinción, de su particular fin del mundo. Hay científicos que piensan que no desaparecieron sino que su ADN se acabó mezclando con el de los sapiens porque la diferencia entre las especies no era lo suficientemente fuerte como para impedirlo.

Pocas películas se adentran en estos principios de la humanidad por el reto que supone plantear una historia sin más diálogos que unos cuantos gruñidos. Una de las excepciones es En busca del fuego (1982), que trata del viaje de una tribu en busca de una hoguera que no se extinga y que, de forma más verosímil que Hace un millón de años, introduce en la historia animales que sí convivieron con el hombre como mamuts o tigres de dientes de sable; estos últimos poblaron y dominaron al parecer en otros tiempos el territorio que hoy ocupa Madrid.

10 febrero 2007

Atrapado y La mancha humana: blanco o negro

Cuando Quentin Tarantino lo volvió a convertir en una estrella de Hollywood gracias a Pulp fiction, John Travolta protagonizó el film Atrapado (White man's burden, 1995), una ucronía (narración situada en un presente inventado) en la cual los negros eran la raza dominante y los blancos vivían hacinados en ghettos. Es decir, el mundo al revés: la televisón ofrecía imágenes de afroamericanos ricos, guapos y triunfantes mientras los blancos o euroamericanos eran relegados a los papeles de criados, población carcelaria o carne de las noticias de sucesos.

Un punto débil de esta distopía (lo contrario de utopía) es que el concepto de blanco y de negro no es tan sencillo de definir como parece. En principio diríamos que es algo evidente y que sólo hay que ver el color de la epidermis, debido a la mayor o menor presencia en ella de melanina; pero las cosas no son tan fáciles si pensamos que la sociedad basada en la supremacía blanca considera igualmente negros al jugador de baloncesto Michael Jordan y a la cantante Beyonce, de muy diferente pigmentación de la piel. Todo aquel que tenga un poco de sangre negra pasa a ser negro en el mundo racista, pero en realidad la inmensa mayoría de "negros" del continente americano son mulatos que muchas veces tienen un número mayor de antepasados blancos que negros. ¿Significa esto que en la sociedad racista a la inversa en la que los negros fueran la casta dominante Beyonce sería discriminada por blanca? Es probable, aunque de nuevo las cosas no son tan sencillas, esto dependería de intereses socioeconómicos más complejos.

Por ejemplo, muy poca gente pondría a Jennifer Lopez ni a Salma Hayek como ejemplos de población de raza indígena americana. Mientras casi todos sí estaríamos de acuerdo en que Evo Morales podría representar al patrón racial amerindio, Lopez o Hayek nos parecen mestizas, o incluso blancas un poco más morenas que la media. Y sin embargo, consideramos negra a Beyonce, que probablemente tenga un porcentaje de sangre blanca igual o mayor que ellas; sólo otorgamos la condición de mulata a la gente con una mayoría aplastante de blancos entre sus antepasados y de piel muy poco rica en melanina, como Mariah Carey. ¿Por qué esta diferencia? Pues porque cuando los europeos se instalaron en América llevaron a cabo una política racista mucho más estricta contra los esclavos negros y sus descendientes que contra la población nativa; los negros no tenían derecho a la propiedad de tierras, mientras que los "indios" sí podían reclamar la posesión de parte de las tierras que les pertenecían, por lo que interesaba considerar como negra al mayor número de población posible (todos aquellos que tuvieran un sólo ascendente afroamericano) y en cambio identificar como indígena al menor número posible (sólo a los de gran mayoría de ascendentes indígenas).

Todo esto demuestra que muchos conceptos que nos parecen evidentes y naturales vienen en realidad impuestos culturalmente por intereses muy concretos, y que el concepto de blanco y negro no es biológico sino cultural, como prueba la película La mancha humana (2003), sobre un profesor universitario de piel blanca pero nacido en una familia negra. De hecho, desde la segunda mitad del siglo XX, la idea de raza perdió todo su prestigio científico; en parte porque las características que la definían, como la mayor o menor pigmentación de la piel, color de los ojos, rasgos faciales, etc., tienen muy poca significación genética y además quedan relegados en la investigación antropológica porque son los rasgos que primero desaparecen y menos rastro dejan después de la muerte. Los estudios que han intentado hacer una clasificación de la humanidad en razas atendiendo a factores genéticos más importantes no han tenido éxito y se han encontrado con una mayor diferencia entre los individuos dentro de una misma raza que entre distintas razas. En parte por eso, y en parte naturalmente por la justificación que el concepto científico de raza dio a las atrocidades cometidas por el nazismo, el término se sustituyó por el de etnia, que ya no designa a individuos de rasgos genéticos similares, sino simplemente a los que comparten una misma cultura. Así pues, que sólo hay una raza que es la raza humana no es simplemente una bonita frase, sino una realidad científica.

30 agosto 2006

Piratas del Caribe: pros y contras del canibalismo

El canibalismo es el tabú cultural más extendido junto con el incesto; algo lógico, porque comerse a sus congéneres no ayuda precisamente a la propagación de la especie: sólo es una práctica habitual en invertebrados como las mantis religiosas y ciertas especies de arácnidos. En animales vertebrados, es algo antinatural; puede darse en algunos casos, sobre todo en roedores: si la hembra no tiene leche suficiente para amamantar a todas sus crías, opta por tragarse a alguna(s) de ellas para desembarazarse de la prole que no puede criar y al mismo tiempo ingerir proteínas que le servirán para alimentar al resto. Un ejemplo de reciclaje que a nuestros ojos resulta un tanto inquietante, y que el escritor Roald Dahl plasmó en uno de sus brillantes relatos como metáfora de los peligros del matriarcado.

El canibalismo humano se considera algo propio de culturas primitivas, como se ve en la muy políticamente incorrecta escena de los indígenas que van a asar y comerse a Johnny Depp en la secuela de Piratas del Caribe. En el mundo moderno suele darse ante una carencia absoluta de alimento en situaciones límite, como el famoso caso de los supervivientes de los Andes que narraba la película Viven (1993), que no tuvieron más remedio que alimentarse de sus compañeros muertos; también existe la antropofagia como una patología sexual afortunadamente no muy extendida, de la que el cine se ha hecho eco, entre otras, en la película de Marco Ferreri La carne (1991); probablemente habría que situar en este último grupo a sádicos como Vlad Tepes, personaje real en el que se inspiran todas las versiones de Dracula, o al famoso Hannibal Lecter, con cuya probable homosexualidad ya se especulaba en la secuela de El silencio de los corderos, Hannibal (2001), y al que probablemente le da gustirrinín comerse a sus víctimas, siempre masculinas.

En sociedades más primitivas probablemente el canibalismo fuese más frecuente, pero la mayoría de las veces la carne humana no formaba parte ni mucho menos de la dieta habitual, sino que se trataría de casos esporádicos de canibalismo ritual, en el cual los miembros de la tribu comen la carne o beben la sangre del líder o de un gran personaje para imbuirse de su espíritu, tradición que es fácil detectar en el rito del pan y el vino de la misa cristiana. Piratas del Caribe propone este último caso, puesto que la tribu ha tomado a Johnny Depp por la encarnación de un Dios y quieren comérselo. No obstante, la forma poco respetuosa en la que lo asan a la parrilla parece propia no de un ritual, sino del canibalismo meramente alimenticio, algo bastante raro pero que pudo darse en culturas con muy poco acceso a la carne animal.

Y es que, aunque probablemente a los vegetarianos estrictos no les guste oir esto, la mayor parte de los expertos en nutrición desaconsejan una dieta completamente carente de alimentos de origen animal. En sitios de interior donde el pescado no puede llegar, o llega con grandes dificultades, y que no disponen de animales hervíboros, la carne humana llega a convertirse en una opción alimenticia. Los aztecas, uno de los pueblos con mayor fama de haber practicado la antropofagia, no disponían de vacas, ovejas, conejos ni cabras, ni siquiera llamas, a diferencia de los indígenas de América del Sur. Los perros y demás animales carnívoros no son muy útiles, ¿de dónde sacar la carne para alimentarlos? En fin, que hasta para las costumbres más salvajes la antropología es capaz de dar explicaciones lógicas ... eso sí, no muy agradables.

02 mayo 2006

De hombres lobo y otros lunáticos

El mito del hombre lobo ha tenido siempre un gran éxito en las leyendas populares, la literatura y el cine. Cuando Jack Nicholson estrenó Lobo (Mike Nichols, 1994), la hasta ahora última revisión digamos canónica de la historia del licántropo producida en Hollywood, interpretó esta leyenda como una metáfora de la sexualidad masculina: hombre apacible de día, fiera de noche. En esa dirección apuntaba también En compañía de lobos (Neil Jordan, 1984), tal vez la mejor película sobre el tema.

La licantropía viene definida en el diccionario como enfermedad psiquiátrica en la que el paciente se cree con la capacidad de transformarse en lobo y actúa como tal, un caso particular de un trastorno más general, la zoantropía, que consiste en tomarse uno a sí mismo por un animal. Este tipo de delirio es muy raro, pero se especula con que lo podría haber padecido el asesino en serie del siglo XIX Benito Romasanta, un caso que dio origen a dos películas, El bosque del lobo (Pedro Olea, 1971), y la más reciente Romasanta (Paco Plaza, 2004). Ha habido muchos otros hombres menos célebres acusados, y a veces condenados, por ser supuestos hombres lobo poseídos por el demonio, sobre todo en los siglos anteriores a la Ilustración; como ocurre en el caso de las cazas de brujas, es difícil decir si estas personas eran delincuentes comunes, asesinos sexuales, si padecían un trastorno psiquiátrico, o si siendo inocentes fueron acusados por bulos que obedecían a intereses de sus vecinos, de los terratenientes o de la iglesia de esa época.

Pero centrémonos en el tema de la luna llena, factor desencadenante de la licantropía en todas las películas de este tipo, desde los clásicos de los años 30, hasta La maldición (Wes Craven, 2005), la penúltima aportación al género estrenada el año pasado, pasando por el celebérrimo videoclip Thriller de Michael Jackson. Uno de los mitos ocultistas más propagado en nuestros días es la influencia de la Luna sobre aspectos esotéricos y sobre nuestro comportamiento: todos hemos oido decir que las noches de plenilunio los delitos aumentan y las urgencias hospitalarias hacen horas extras. Si la Luna provoca las mareas y tiene esa influencia sobre el mar, ¿cómo no nos va a influir a nosotros, que somos más pequeños y menos fuertes que el océano?

Bien, es cierto que las mareas se deben a la mayor o menor atracción gravitatoria de la Luna en diferentes puntos de la costa. Y no sólo nuestro satélite produce mareas, también el Sol; los efectos que la Luna y el Sol tienen sobre el mar a veces van en la misma dirección y a veces se contrarrestan. Cuando hay luna llena, estas fuerzas se suman, por lo que se producen las mareas vivas. Ahora bien, extrapolar ese efecto a los seres humanos es absurdo: el océano se desplaza porque es tan inmenso que existe una diferencia significativa entre la atracción gravitatoria a la que están expuestas las diferentes zonas de la costa, mientras que la diferencia entre la fuerza que puede actuar sobre nuestra cabeza y la que influye sobre nuestros pies, sobre el brazo iquierdo o sobre el derecho, es ridícula; de acuerdo, a los humanos nos puede afectar también, de forma mínima, el que la Luna esté algo más cerca o más lejos de nosotros, pero por la misma razón debería afectarnos la proximidad o lejanía del Sol, como les ocurre a los océanos, y este punto no lo tienen en cuenta las leyendas.

Y no olvidemos además que la atracción gravitatoria se produce entre todos los cuerpos que tienen masa: no sólo nos atraen la Tierra o la Luna, también los edificios, los monumentos, las otras personas, y hasta los bolígrafos, lo que pasa es que estas otras fuerzas mucho más pequeñas están eclipsadas frente a la atracción terrestre. La posición de la Luna podría afectarnos, pero lo haría mucho más la situación de todos los cuerpos que están a nuestro alrededor, ya que las fuerzas gravitatorias varían más con la distancia que con la masa: un cuerpo de 5 kg situado a 5 m de nosotros, produce una atracción gravitatoria 10 veces mayor que un cuerpo de 50 kg situado a 50 m de distancia. La Luna empieza a estar ya demasiado lejos para ser tenida en cuenta.

Lo mismo es aplicable a los horóscopos: efectivamente la posición de las estrellas en el cielo puede provocar minúsculas alteraciones sobre la fuerza gravitatoria que actúa sobre nosotros en el momento del nacimiento, pero también las provocará la presencia de una mesa o una silla en la sala de partos, y probablemente sea más influyente la acción de estos objetos cercanos que la de las constelaciones.

Otra cosa es la percepción que podamos tener de los hechos: no dudo que los policías o los enfermeros que hagan turnos de noche perciban que se cometen más delitos o que ocurren más accidentes en las noches de luna llena. De la misma forma que mucha gente tiene la sensación de que el tiempo suele cambiar a peor los fines de semana, o de que el semáforo siempre se pone en rojo cuando nos toca pasar a nosotros. Pero si alguien dispone de datos numéricos y contrastados sobre esa mayor siniestralidad en las noches de luna llena, estaré encantado de leerlos.