Hace un millón de años es el título de una serie B de importante éxito de taquilla en los años 60 que convirtió en estrella y sex-symbol a
Raquel Welch. Se trataba de una especie de peplum que se remontaba mucho más atrás en el tiempo y cambiaba la antigüedad clásica por la edad de piedra. La verosimilitud científica no era precisamente la mayor preocupación de sus guionistas, que mostraban alegremente a seres humanos luchando con dinosaurios, unas especies separadas por 65 millones de años.
Retrocediendo un millón de años en el tiempo la primera duda que surge es la de si podemos llamar humanos a los antepasados nuestros que poblaban la Tierra en ese momento. Nuestra especie, el homo sapiens sapiens tiene aproximadamente 250.000 años de antigüedad según los antropólogos mientras que el género homo se distingue del resto de los primates desde hace unos dos millones. Entre esas dos fechas es complicado marcar el momento en el que la inteligencia de los homínidos se hace lo suficientemente compleja para considerarlos seres racionales. 2001 una odisea del espacio, de la que ya hablamos en una de las primeras entradas del blog, abordaba en su parte inicial este momento del origen del hombre, asociando la condición de humano al uso de herramientas. La famosa elipsis de cientos de miles de años entre el hueso que vuela por el aire y la nave espacial que surca el espacio es acertada en el sentido de que tanto una cosa como la otra son tecnología, de la más primitiva a la más avanzada. No obstante, los científicos se han encontrado con que la capacidad de transformar los recursos naturales en herramientas no es exclusiva de los humanos. Otras especies de primates, especialmente los chimpances, son capaces de emplear utensilios, generalmente para alimentarse, e incluso de crearlos a partir de ramas, piedras y demás elementos de su medio natural. Por lo tanto no es correcta la asociación de la película entre historia del hombre e historia de la tecnología, puesto que esta última nos precede.
Otro aspecto muy enigmático del origen de nuestra especie es que no seamos los únicos seres racionales que hayan existido.
Aunque se trate de un aspecto discutido y controvertido, en parte porque representa un fuerte golpe al concepto tradicional del humano como especie única y singular, el famoso hombre de Neanderthal parece haber sido una especie diferente al homo sapiens que convivió con éste y que se extinguió por razones desconocidas. Así pues nuestros antepasados podían ver vida inteligente a su alrededor distinta de ellos mismos y sin tener que soñar con seres extraterrestres. Sería muy interesante saber cómo fue la relación entre las dos especies y si los neanderthalensis fueron conscientes de su extinción, de su particular fin del mundo. Hay científicos que piensan que no desaparecieron sino que su ADN se acabó mezclando con el de los sapiens porque la diferencia entre las especies no era lo suficientemente fuerte como para impedirlo.
Pocas películas se adentran en estos principios de la humanidad por el reto que supone plantear una historia sin más diálogos que unos cuantos gruñidos. Una de las excepciones es En busca del fuego (1982), que trata del viaje de una tribu en busca de una hoguera que no se extinga y que, de forma más verosímil que Hace un millón de años, introduce en la historia animales que sí convivieron con el hombre como mamuts o tigres de dientes de sable; estos últimos poblaron y dominaron al parecer en otros tiempos el territorio que hoy ocupa Madrid.
Raquel Welch. Se trataba de una especie de peplum que se remontaba mucho más atrás en el tiempo y cambiaba la antigüedad clásica por la edad de piedra. La verosimilitud científica no era precisamente la mayor preocupación de sus guionistas, que mostraban alegremente a seres humanos luchando con dinosaurios, unas especies separadas por 65 millones de años.Retrocediendo un millón de años en el tiempo la primera duda que surge es la de si podemos llamar humanos a los antepasados nuestros que poblaban la Tierra en ese momento. Nuestra especie, el homo sapiens sapiens tiene aproximadamente 250.000 años de antigüedad según los antropólogos mientras que el género homo se distingue del resto de los primates desde hace unos dos millones. Entre esas dos fechas es complicado marcar el momento en el que la inteligencia de los homínidos se hace lo suficientemente compleja para considerarlos seres racionales. 2001 una odisea del espacio, de la que ya hablamos en una de las primeras entradas del blog, abordaba en su parte inicial este momento del origen del hombre, asociando la condición de humano al uso de herramientas. La famosa elipsis de cientos de miles de años entre el hueso que vuela por el aire y la nave espacial que surca el espacio es acertada en el sentido de que tanto una cosa como la otra son tecnología, de la más primitiva a la más avanzada. No obstante, los científicos se han encontrado con que la capacidad de transformar los recursos naturales en herramientas no es exclusiva de los humanos. Otras especies de primates, especialmente los chimpances, son capaces de emplear utensilios, generalmente para alimentarse, e incluso de crearlos a partir de ramas, piedras y demás elementos de su medio natural. Por lo tanto no es correcta la asociación de la película entre historia del hombre e historia de la tecnología, puesto que esta última nos precede.
Otro aspecto muy enigmático del origen de nuestra especie es que no seamos los únicos seres racionales que hayan existido.
Aunque se trate de un aspecto discutido y controvertido, en parte porque representa un fuerte golpe al concepto tradicional del humano como especie única y singular, el famoso hombre de Neanderthal parece haber sido una especie diferente al homo sapiens que convivió con éste y que se extinguió por razones desconocidas. Así pues nuestros antepasados podían ver vida inteligente a su alrededor distinta de ellos mismos y sin tener que soñar con seres extraterrestres. Sería muy interesante saber cómo fue la relación entre las dos especies y si los neanderthalensis fueron conscientes de su extinción, de su particular fin del mundo. Hay científicos que piensan que no desaparecieron sino que su ADN se acabó mezclando con el de los sapiens porque la diferencia entre las especies no era lo suficientemente fuerte como para impedirlo.Pocas películas se adentran en estos principios de la humanidad por el reto que supone plantear una historia sin más diálogos que unos cuantos gruñidos. Una de las excepciones es En busca del fuego (1982), que trata del viaje de una tribu en busca de una hoguera que no se extinga y que, de forma más verosímil que Hace un millón de años, introduce en la historia animales que sí convivieron con el hombre como mamuts o tigres de dientes de sable; estos últimos poblaron y dominaron al parecer en otros tiempos el territorio que hoy ocupa Madrid.













