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07 abril 2008

La pequeña: fotos sorprendentes

La pequeña (1978) es una de las incursiones en el cine americano del director francés Louis Malle en la que Brooke Shields se dio a conocer interpretando a una niña-prostituta; lo políticamente incorrecto de esta propuesta ya lo comenté en otro blog, pero ahora me interesa centrarme en un aspecto que me llamó la atención. El personaje masculino de la historia es un fotógrafo, inspirado en un personaje real e interpretado por David Carradine, al que le gustaba retratar a las prostitutas en los burdeles. La primera vez que éste acude a la casa de citas, una de las chicas se queda muy sorprendida ante la cámara fotográfica como si nunca la hubiera visto. Tratándose de una historia ambientada durante los años de la primera guerra mundial, esto me pareció un tremendo anacronismo, sobre todo cuando poco después vemos a otra de las meretrices hablando con total normalidad por teléfono, un invento bastante posterior a la fotografía.

A veces ocurre que una tecnología funciona desde hace tiempo a un nivel experimental pero no se ha popularizado (los antiguos griegos descubrieron la máquina de vapor, pero nadie supo encontrarle ninguna aplicación hasta bien entrado el siglo XVIII), pero no puede ser éste el caso de la fotografía cuando en la época en la que transcurre la acción, en torno al año 1917, era ya enormemente popular el más importante hijo de esta técnica: el cine, que no es más que una sucesión de fotografías que se suceden de forma muy rápida. Efectivamente, por estos años Hollywood empezaba ya a ser una poderosa industria y Mary Pickford se convertía en una de las primeras estrellas del celuloide, por lo que el cine, y mucho más la fotografía, era algo perfectamente cotidiano. Naturalmente, no todo el mundo tenía en casa una máquina fotográfica como hoy en día; se trataba de un artículo caro al que sólo accedían los profesionales del medio y las familias burguesas. Las clases medias o humildes solamente acudían al fotógrafo para realizar instantáneas de familia en ocasiones especiales, pero desde luego no verían nada de raro en que alguien tuviera como profesión la fotografía.

De hecho la técnica empleada por las cámaras fotográficas tampoco ha evolucionado tanto desde la época de la película; la gran revolución que permitió extender y popularizar el invento fue el celuloide, un soporte para la imagen resistente, flexible, fácil de manejar y relativamente duradero (eso sí, fácilmente combustible). Cuando este material se empezó a producir a gran escala, la famosa compañía Kodak sacó al mercado el primer carrete comercial, lo que facilitó y abarató en gran medida la técnica de capturar imágenes. De hecho, ya desde antes del siglo XX se empezó a experimentar con la fotografía en color, aunque los carretes de color no llegaron al mercado hasta 1935, por lo que sí es normal que el fotógrafo del film, que tampoco es ningún potentado, trabajara en blanco y negro.

Curiosamente, en la película, David Carradine no sale inclinado mirando por el visor de la cámara, sino que dispone de un moderno interruptor que pulsa para obtener la imagen; no sé si esto responde o no a la realidad, si algún lector coleccionista de objetos antiguos tiene algún aparato de esa época tal vez pueda decirlo. Por otra parte, en aquellos tiempos no existía lámpara de flash en las cámaras, ésta no se inventó hasta 1927, por lo que hasta entonces se empleaba el magnesio para las fotos interiores, dando lugar a una nube de polvo que hacía la función del flash. Esto no se muestra en la película, aunque es cierto que la mayor parte de las fotos se llevan a cabo con luz natural y abundante. Además el director de fotografía del film es uno de los mayores maestros de este campo, el sueco Sven Nykvist.

16 octubre 2007

Hace un millón de años y 2001: tecnología prehistórica

Hace un millón de años es el título de una serie B de importante éxito de taquilla en los años 60 que convirtió en estrella y sex-symbol a Raquel Welch. Se trataba de una especie de peplum que se remontaba mucho más atrás en el tiempo y cambiaba la antigüedad clásica por la edad de piedra. La verosimilitud científica no era precisamente la mayor preocupación de sus guionistas, que mostraban alegremente a seres humanos luchando con dinosaurios, unas especies separadas por 65 millones de años.

Retrocediendo un millón de años en el tiempo la primera duda que surge es la de si podemos llamar humanos a los antepasados nuestros que poblaban la Tierra en ese momento. Nuestra especie, el homo sapiens sapiens tiene aproximadamente 250.000 años de antigüedad según los antropólogos mientras que el género homo se distingue del resto de los primates desde hace unos dos millones. Entre esas dos fechas es complicado marcar el momento en el que la inteligencia de los homínidos se hace lo suficientemente compleja para considerarlos seres racionales. 2001 una odisea del espacio, de la que ya hablamos en una de las primeras entradas del blog, abordaba en su parte inicial este momento del origen del hombre, asociando la condición de humano al uso de herramientas. La famosa elipsis de cientos de miles de años entre el hueso que vuela por el aire y la nave espacial que surca el espacio es acertada en el sentido de que tanto una cosa como la otra son tecnología, de la más primitiva a la más avanzada. No obstante, los científicos se han encontrado con que la capacidad de transformar los recursos naturales en herramientas no es exclusiva de los humanos. Otras especies de primates, especialmente los chimpances, son capaces de emplear utensilios, generalmente para alimentarse, e incluso de crearlos a partir de ramas, piedras y demás elementos de su medio natural. Por lo tanto no es correcta la asociación de la película entre historia del hombre e historia de la tecnología, puesto que esta última nos precede.

Otro aspecto muy enigmático del origen de nuestra especie es que no seamos los únicos seres racionales que hayan existido. Aunque se trate de un aspecto discutido y controvertido, en parte porque representa un fuerte golpe al concepto tradicional del humano como especie única y singular, el famoso hombre de Neanderthal parece haber sido una especie diferente al homo sapiens que convivió con éste y que se extinguió por razones desconocidas. Así pues nuestros antepasados podían ver vida inteligente a su alrededor distinta de ellos mismos y sin tener que soñar con seres extraterrestres. Sería muy interesante saber cómo fue la relación entre las dos especies y si los neanderthalensis fueron conscientes de su extinción, de su particular fin del mundo. Hay científicos que piensan que no desaparecieron sino que su ADN se acabó mezclando con el de los sapiens porque la diferencia entre las especies no era lo suficientemente fuerte como para impedirlo.

Pocas películas se adentran en estos principios de la humanidad por el reto que supone plantear una historia sin más diálogos que unos cuantos gruñidos. Una de las excepciones es En busca del fuego (1982), que trata del viaje de una tribu en busca de una hoguera que no se extinga y que, de forma más verosímil que Hace un millón de años, introduce en la historia animales que sí convivieron con el hombre como mamuts o tigres de dientes de sable; estos últimos poblaron y dominaron al parecer en otros tiempos el territorio que hoy ocupa Madrid.